Sagrados Titulares

Nuestro Stmo. Cristo de la Vera-Cruz, fue creado en 1.941 por D. Antonio Castillo Lastrucci, imaginero sevillano que nace en Sevilla el 27 de febrero de 1882, hijo de Eduardo Castillo del Pino, industrial de la sombrerería, con importante industria montada en la calle Peral, y de Araceli Lastrucci. La familia vivía en la calle Quesos 36, hoy calle Antonio Susillo. 

De esta unión nacieron cuatro hijos: Eduardo, Manuel, Antonio y Amalia. Antonio es bautizado en la Parroquia de Omnium Sanctorum. Frente al domicilio de la familia, se encontraba la vivienda taller del escultor Antonio Susillo Fernández, al que desde muy joven asistía Antonio para aprender modelado. Fue llevado allí por un sobrino de éste para hacer figuritas de barro.

 Lo que empezó como un juego, se convirtió en profesión, ya que Susillo quedó admirado de la destreza del manejo de la terracota, en la que conseguía modelar con gracia y rapidez cabezas y figuritas, de hecho, de niño, Castillo siempre tenía las manos llenas de barro. De este modo, Susillo apartó su interés de su sobrino y se entregó a la destreza de Antonio. 

Para su formación escultórica acude a la Escuela Provincial de Bellas Artes de Sevilla en la década de los noventa. Se casa con Teresa Muñoz García, en torno a 1905, y tiene siete hijos: Antonio, Concha, José, Manuel, Amalia, Adolfo y Rosa. Al fallecer su primera esposa se casó con Amparo León Retamar, de la que tuvo otra hija: Amparo. 

Muy pronto Castillo Lastrucci destacaría como escultor, recibiendo varios premios y una beca de la Diputación Provincial para realizar estudios en los museos de París y Roma.  Pero existen serias dudas de que los mismos llegaran a realizarse, debido fundamentalmente a la convulsa Europa que se debatía en la Gran Guerra.

Instala su primer taller en las oficinas de la industria sombrerera de su padre. En este primer periodo realiza relieves, bustos y grupo escultóricos, entre los que no faltaban el tema taurino, su otra gran pasión. Después monta una academia de escultura en los altos de un inmueble de la plaza de San Lorenzo, actual Basílica del Señor del Gran Poder. Fue la primera que se dedicó a tal especialidad; la empresa se mantuvo poco más de un año y medio al faltar recursos económicos. 

En octubre de 1922, un grupo de hermanos de la Hermandad de la Bofetá le encarga las imágenes del misterio del proceso de Cristo ante Anás. Castillo Lastrucci presente en este acto, se comprometió a ejecutar un boceto de dicho trabajo y presentarlo lo antes posible a la hermandad, pues el tiempo para su realización y acabado era muy escaso y el mismo se quería estrenar en la Semana Santa siguiente. Para el labrado y elaboración de su primera obra cofradiera contó con una total libertad artística y de movimiento. 

A los cuarenta y un años le había llegado el éxito, siempre cuando hablemos desde la perspectiva de lo popular, ya que desde entonces su nombre se liga al de las cofradías; antes había sido reconocido como escultor. El Martes Santo de 1923 se estrena el misterio de Jesús ante Anás compuesto de siete figuras. El éxito fue total, recibiendo todo tipo de halagos y felicitaciones.

A partir de ahí, se multiplican los encargos. Todas las hermandades de Sevilla quieren poseer obras del nuevo imaginero: San Benito, Macarena, Hiniesta, San Esteban...  Se traslada a la calle San Vicente 52, en el año de 1923, donde monta el mejor taller de imaginería que ha existido. En él trabajan entalladores, lijadores, carpinteros y tallistas. 

Para atender a los numerosos encargos necesitó de otros que ayudaran a aminorar este enorme trabajo. Con todo, el imaginero daba el último toque y las terminaba.  De estos discípulos destacamos entre otros a sus hijos Manuel y Antonio, José Ovando Merino, Antonio Eslava Rubio, Rafael Barbero Medina o José Pérez Delgado. En los trabajos de talla en retablos y pasos colaboran con el imaginero: Francisco Carrero, Luis Jiménez Espinosa, Manuel Guzmán Bejarano o Antonio Vega Sánchez. Y en faenas de dar aparejos, dorar o grafiar los paños de esculturas se valdría de Antonio Díaz Fernández, Manuel “El de Triana”, o su hijo Adolfo.

A los ochenta y cinco años de edad murió el 29 de noviembre de 1967, debido a una insuficiencia cardiaca. Castillo Lastrucci deja, además de sus más de 450 imágenes repartidas por toda la geografía, su sello tanto en sus imágenes, como de hombre bueno, honrado y trabajador.

La imagen de nuestro Stmo. Cristo de la Vera-Cruz, es una talla de madera de cedro policromada, que representa el momento justo, después de la muerte de Jesucristo en la Cruz, una obra de incalculable valor, que está colgada en una cruz de 1982, perteneciente al anterior Crucificado que fue quemado en la Guerra Civil.

Nuestra Madre María Stma. de la Esperanza fue adquirida en 1.956 del taller del escultor D. Sebastián Santo Rojas, nace en Higuera de la Sierra, un pueblecito de la Sierra Morena, un 2 de noviembre de 1895 en una familia muy modesta. Para un niño que tiene tantas inquietudes artísticas, empieza a ser un problema buscar la arcilla, ocultar donde puede los trabajos que hace, porque sus padres no querían que hiciera ese tipo de cosas, pero fundamentalmente su avidez de conocimento, la necesidad de todo artista de buscar un referente, un modelo que seguir para avanzar y progresar, lo tiene que encontrar necesariamente en la Iglesia. 

Curiosamente, una iconografía que le llama poderosamente la atención es la de San José y la Inmaculada. Posteriormente, a lo largo de su producción va a reincidir mucho en estos dos temas, como son el San José de la iglesia de Zalamea, o en Sevilla, el que realizó para las Hermanas de la Caridad. La ternura, la sencillez y la dulzura de los rostros son características comunes a su obra. Como admirador de Martínez Montañés, busca el equilibrio, aparte imprime a sus imágenes de esa religiosidad.

La Inmaculada que actualmente se encuentra en la iglesia de Ronda, para la cual poso la hija del Marqués de Villapales, fue presentada en una exposición mariana en 1950 y seguía el modelo de Duque Cornejo. Esta religiosidad, posteriormente y en Sevilla, se desarrolla hasta su encuentro con el Padre Capuchino Juan Bautista, que será su confesor y hombre que va a influir my poderosamente en el aspecto humano del artista.

El Padre, le pedía al autor, quizás obsesivamente, la realización de Pastoras, donde la dulzura y el gesto casi infantil, así como el recogimiento son una huella clarísima y un testimonio de su personalidad artística y su sentido estético. 

Casi siempre que se habla en relación con la diferenciación entre escultor e imaginero, en Sebastián Santos tenemos a un escultor que, sin haber practicado el modelado natural, tiene un conocimiento de la anatomía sensacional y un sentido del "todo", ese sentido de la totalidad que generalmente se adquiere cuando hay una formación de tipo académico. El escultor, sin renunciar a su estética mística, desarrolla y denota un alarde de lo que es la morfología del cuerpo humano masculino. No tiene ningún tipo de pudor en policromar las pestañas, tanto las superiores como las inferiores, sin que por ello las esculturas pierdan fuerza o belleza.

Siempre que el escultor tiene oportunidad, trabaja en el pequeño formato. El pequeño formato es el vehículo para que el artista experimente, digamos que mediante el boceto, se materializan los pensamientos de manera muy rápida, siendo para el pintor y el escultor algo fundamental. Curiosamente no se ha estudiado en profundidad la importancia que tiene este estudio previo a la obra definitiva, que para mi, lo considero muy necesario y muy importante.

El escultor todas las noches realiza un pequeño boceto y Buiza comentaba como, cuando iba al estudio del maestro, lo primero que hacía era destapar el cajón del barro, porque el maestro sorprendía a todos los discípulos con las realizaciones que había hecho durante la noche. Buscaba la noche para trabajar, buscaba la tranquilidad de las horas en que ni los clientes ni su familia le molestaban.

Sebastián Santos es conocido sobre todo por las Dolorosas, pero su obra es muy extensa y variada. Aborda el Crucificado, como es el caso del de Aracena (Cristo de la Plaza. Huelva). Es un crucificado que huye del barroquismo excesivo, todo lo contrario. La imagen del Cristo es tremendamente serena y tiene un cierto aire moderno en el tratamiento del cabello. A él no le gustaba el rizo barroco del Cabello, en referencia al tratamiento de Juan de Mesa o Martínez Montañés. 

La cabeza de Cristo no es dramática, es de una persona que está muriendo pero tiene dulzura en el rostro, no hay tormento ni distorsión en los rasgos faciales ni de la anatomía, destacando también en ellos la espléndida policromía.

En el Buen Pastor, talla que se encuentra el Ronda, utiliza como modelo a su hijo Jesús, aunque no era muy partidario de utilizar modelos, la escultura la tenía en su cabeza. El Cristo de la Cena de Sevilla, es sin lugar a dudas una obra llega de unción sacra, inspira evidentemente devoción, sin embargo técnicamente tiene una particularidad, está policromada encima de la madera, sin estuco, como hacían los clásicos imagineros.

El tema de la maternidad es un tema que le da la oportunidad de manifestar su termura, el sentido tan familiar que él tenía. El espléndido Nazareno de la Concepción de Huelva, de nuevo nos vuelve a sorprender el escultor, realizando su propia y particular visión del Nazareno.

Como broche está la espléndida Dolorosa de la Hermandad de El Silencio, la Virgen de la Concepción. Esta escultura es de gran belleza, de una gran serenidad, sin elevación de las cejas, recurso muy usado por otros imagineros, era una necesidad de simetría, aunque no muy exacta para evitar la frialdad.

Un denominador común son las manos de las Dolorosas -también en la Virgen de Los Dolores del Cerro- es que se produce un acentuamiento entre los metacarpos y las falanges, con ese quiebre tan pronunciado, característico a este periodo de 1945 a 1959, y al cual pertenece la Virgen de la Concepción."

Una talla de 1.956, que con la ayuda de el hijo de D. Sebastián Santos Rojas, fue creada para la hermandad de la Vera-Cruz de nuestra localidad, con idea de que procesionara sola en su acompañamiento, idea que se llevó a cabo durante muy pocos años, hasta que sobre los años 60, el trono de la hermandad, fue provisto para colocar a nuestra Stma. Madre a los pies de la Cruz de su hijo, una estampa llena de esperanza y dolor a la vez.

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